Cuatro escenas religiosas
Raúl Pérez Ríos
I
Todas las mañanas, cuando voy al trabajo, me dirijo al metro. En el corredor del puente que tengo que cruzar para ingresar a él, siempre hay un indigente que a grito pelado dice “Dios los ama, Dios los ama”. A veces trae consigo una hoja en donde lee algunos fragmentos de la Biblia. No pide dinero ni comida ni nada. Sólo se pone a leer fragmentos de la Biblia y a decir que Dios nos ama. Sin embargo, en ocasiones la gente que pasa le da dinero o comida. En la mañana hace frío y el solo trae puesta una camisa. No tiene sueter ni chamarra, pero nunca lo he visto enfermo ni se ha quedado afónico después de tanto repetir que “Dios nos ama” en voz alta. Cuando lo veo y lo escucho, me imagino aquellos profetas de los que habla la Biblia y que la gente consideraba locos. ¿Será uno de ellos?
II
Llegó el 12 de diciembre y, como cada año, hay peregrinaciones, cohetones, fiestas, mañanitas. Terminada la celebración empieza el retorno de los que fueron a la Basílica de Guadalupe. Yo me dirigí a la terminal de autobuses para comprar un boleto para viajar en estas vacaciones decembrinas y vi a un joven que se dirigía también a dicha terminal, trayendo a cuestas un bulto grande que a lo lejos parecía un árbol de Navidad, pero conforme se fue acercando, me di cuenta que se trataba de una escultura de la virgen de Guadalupe cuyo tamaño era casi igual o mayor que el joven que la venía cargando. Supongo que el peso de la escultura era proporcional a su tamaño y aunque fuera de yeso, debería pesar lo suficiente para hacer que el joven se inclinara mientras caminaba rumbo a la terminal donde saldría el camión rumbo a su casa. ¿Qué esperará el joven de semejante penitencia?
III
Subí al metro y detrás de mí subió también un joven con la escultura de un niño Dios envuelta en papel. Posteriormente, las puertas del vagón del metro se cerraron y no había mucha gente dentro de él, lo que permitió que el joven pudiera maniobrar dentro del vagón para acomodar al niño Dios que venía cargando. Puso su mochila vacía en el piso y encima de ella colocó su chamarra abierta, después de lo cual colocó encima al niño Dios y lo cubrió con su chamarra, abotonándola, para que quedara bien tapado, como si se tratara de un niño de verdad. Una vez que terminó de abotonar la chamarra y de cubrir al niño Dios, lo cargó, al igual que su mochila vacía y esperó a que llegara la estación donde se tendría que bajar. ¿Cuando el joven tenga un hijo o una hija lo cuidará de manera similar que al niño Dios?
IV
Un joven adusto se sube al metro y comienza a decir que el mundo se va a acabar, que pronto llegará el juicio final y que únicamente se salvarán aquellas personas que han aceptado a Dios en su corazón. La gente, silenciosa y desconcertada, lo escucha; algunos lo observan. Él sigue hablando de la importancia del arrepentimiento, de dejar de valorar las cosas materiales que son las que han llevado al mundo a la ruina y de pronto se dirige a algunas personas que tiene cerca y les pregunta si saben que su alma es eterna. La gente no le contesta, pero a él no le importa. Está cumpliendo con la misión que siente encomendada: predicar en el desierto, esperando que las semillas a las que se dirige germinen y pronto den origen a una selva.
13 de diciembre de 2018
